Cambio de rumbo regional

Cambio de rumbo regional
Por Carlos Faguaga
Periscopio

Pasó, se produjo: la derecha de América Latina ganó dos elecciones en forma consecutiva, tras las cuales gobierna en Argentina y tiene una amplia mayoría en la Asamblea Nacional de Venezuela. Además avanza con su plan para derrocar a Dilma Rousseff en Brasil, vía impeachment, y en Uruguay fustiga al Frente Amplio acusándolo de administraciones desprolijas y desordenadas de los bienes del Estado.

Los voceros del statu quo comentan que este giro posibilita las políticas pragmáticas en materia comercial y política sin la insensatez de las decisiones cargadas de ideología tomadas frecuentemente por el progresismo. “Es un día histórico, es un cambio de época que va a ser maravilloso”, dijo Macri ante sus seguidores en el local de campaña de la agrupación Cambiemos, el día de su triunfo.


Cómo
Este inicio de la restauración conservadora es producto de la reivindicación de valores clásicos como la libertad individual, la desregulación de los mercados, el orden y el respeto absoluto a la propiedad privada.
El sujeto, el héroe que reconvirtieron para encarnar todos estos atributos fue el emprendedor, un empresario del nuevo siglo, no necesariamente poderoso ni exitoso, pero sí flexible y dispuesto a arriesgarse por mejorar económicamente dentro de las reglas de la competencia libre y no por demandas sindicales. Un actor económico dispuesto a generar su propia riqueza sin concebir el trabajo como conflictivo con el capital. Un sujeto disociado de su historia, capaz de dejar de lado lo aprendido para adaptarse a nuevas oportunidades.
“Te hablo a vos, que te levantás todos los días para ir a trabajar y querés progresar”, arengaba la candidata de Propuesta Republicana (Pro) María Eugenia Vidal.


Quiénes
Las principales impulsoras del giro a la derecha fueron las fundaciones. Pro nació a partir de la fundación Creer y Crecer, creada por Mauricio Macri y Francisco de Narváez en 2001.
En este esquema de grupos de presión, de usinas de pensamiento o think tanks, surgió también la figura del ex presidente de España José María Aznar. En 2008 el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, recibió y nombró ciudadano ilustre a Aznar, quien le comentó en la intimidad: “Nada es más gratificante que ser el presidente de tu país”. El español ya presidía la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (faes) y hacía ya tiempo que recorría América Latina para alentar y promocionar a las figuras de la derecha en un escenario progresista. Siendo presidente de España, estuvo involucrado en el golpe de Estado contra el presidente venezolano Hugo Chávez en abril de 2002; desde entonces no dejó de participar, junto a la derecha venezolana, en acciones contra la revolución bolivariana.
En el sitio web de la faes se puede encontrar los saludos de Aznar a Macri y a la oposición venezolana luego de sus triunfos: “Aznar y Macri se conocen desde hace muchos años y han impulsado una estrecha colaboración entre faes y Fundación Pensar, vinculada a Pro”.
Estas fundaciones liberales apuestan a voceros reconocidos para facilitar su tránsito ideológico y el acceso a conferencias, editoriales, entrevistas y universidades. Entre sus voceros calificados cuentan con Mario Vargas Llosa –quizá sea el más activo y vocacional–, el ex presidente chileno Sebastián Piñera, la bloguera cubana Yoani Sánchez, el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso. En ese marco, el propio Mauricio Macri dio una conferencia de fin de año para emprendedores en Uruguay.


Cuánto
Los nuevos conservadores se presentan como mejoradores dispuestos a mantener el piso sobre el que se construyeron los logros en igualdad económica y social durante los gobiernos progresistas, a la vez que prometen mejorar las condiciones para aquellos que quieran emprender y mejorar.
La nueva derecha no tuvo más remedio que prometer gobernabilidad social, así como, en su momento, la izquierda ofreció garantías de gobernabilidad fiscal y económica para llegar al gobierno.
“Podemos vivir mejor” fue la declaración de fe positiva y liberal del macrismo. Frente a esto, el “Por la positiva” de la derecha uruguaya es una consigna pobre y poco convocante. La neutralización ideológica del “todos queremos lo mismo –lo que es mejor para el país, lo que es mejor para la toda ciudadanía”– no tiene sentido: es ficción engañosa, ya que estamos en un aquí (mundo) y ahora (historia), no en una tertulia para ponernos de acuerdo.
Hay intereses encontrados, hay capital, hay trabajo, y la riqueza generada es cada vez menor y el reparto se vuelve dificultoso. Estarán renovadas, pero siguen siendo derecha e izquierda, y no pueden querer lo mismo.

Los fantasmas no morirán de hambre

Hace mucho tiempo que no le escribo, señora Milena, y también hoy le escribo por una casualidad. En realidad no tengo que disculparme de mi silencio, usted ya sabe cómo odio las cartas. Toda la desdicha de mi vida -no quiero con esto quejarme, sino hacer una observación de interés general- proviene por así decir de las cartas o de la posibilidad de escribirlas. Las personas casi nunca me han traicionado, pero las cartas siempre; y en verdad no las ajenas, sino justamente las mías. En mi caso es una desgracia muy especial, de la que no quiero seguir hablando, pero al mismo tiempo es también una desgracia general. La sencilla posibilidad de escribir cartas debe de haber provocado -desde un punto de vista meramente teórico- una terrible desintegración de almas en el mundo. Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede parecerse a ella como testigo. ¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana, todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican, en efecto, enormemente. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo; y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, que es la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano, pero ya no sirven, son evidentemente descubrimientos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso, después que el correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros en cambio pereceremos. 

F. Kafka

Innovación y papel

Innovación y papel

 “Los canales digitales te dan lo que pides, el diario te da lo que no has pedido. Esa dimensión de dar ideas nuevas, experiencias nuevas, es muy importante para los líderes de empresa. La mayor parte de la innovación viene a través de las ideas nuevas. Los lectores lo valoran y por eso valoran el periódico en papel”

John Ridding, consejero delegado de Financial Times

¿De quién fue la idea del TISA?

El TISA parece haber sido concebido por la Coalición de Industrias de Servicios de Estados Unidos (en inglés  CSI), concretamente por su ex presidente Robert Vastine. Vastine fue uno de los primeros en sugerir, ya desde 2009, que las negociaciones plurilaterales en materia de servicios deberían realizarse fuera del marco de la Organización Mundial de Comercio.
Al trabajar a través de la Coalición Mundial de Servicios (en inglés GSC), un grupo multinacional de presión en el ámbito de los servicios, la CSI obtuvo el apoyo de otros grupos de presión empresariales para la iniciativa del TISA.
La estrategia es alcanzar una masa crítica suficiente de participantes en el TISA de manera que la multilateralización se convierta en un hecho consumado. La CSI aspira a que el TISA “constituiría una plantilla para la próxima generación de normas y niveles multilaterales de acceso a los mercados”.
El TISA pretende liberalizar los servicios públicos reduciendo a la mínima expresión la capacidad de movimiento de los estados a la hora de tomar decisiones sobre los mismos fuera del ámbito de la concesión privada.